Celebración de la Vigilia de Pentecostés

El domingo 24 de mayo se celebró la Solemnidad de Pentecostés y la Jornada del apostolado seglar, este año con el lema: “Pueblo de Dios que sale al encuentro”. El mensaje de los Obispos para esta jornada nos invita a subrayar la importancia de la presencia en la vida pública por parte de los cristianos, “estamos hablando de querer potenciar una conversión a la dimensión social del Evangelio como inherente a la propia vocación bautismal y a promover que nuestras comunidades sean auténtica Iglesia sinodal en salida, que existe para evangelizar, se constituye en instrumento de anuncio, liberación y promoción de la dignidad de toda persona”.

El sábado 23 tuvo lugar la celebración diocesana de la vigilia de Pentecostés, presidida por el Administrador Diocesano, Gabriel Ángel Rodríguez Millán, en la S. I. Catedral a las siete de la tarde. En ella recibieron el bautismo y/o la confirmación 24 adultos de diferentes parroquias de las diócesis. El Administrador Diocesano, en su homilía, subrayó que la fe cristiana sigue siendo hoy una realidad viva capaz de transformar el corazón humano. Refiriéndose al bautismo y la confirmación de varios adultos, destacó la belleza de una fe acogida libremente tras un camino personal de maduración interior.

A partir de la visión de los huesos secos del profeta Ezequiel, recordó que el Espíritu Santo puede devolver vida y esperanza allí donde parece haber cansancio, vacío o heridas profundas. Explicó también que el bautismo no es un simple rito social, sino el comienzo de una vida nueva en Cristo, mientras que la confirmación fortalece al cristiano para vivir la fe con perseverancia en medio de las dificultades reales de la vida.

Comentando las palabras de san Pablo y el Evangelio de san Juan, insistió en que la fe adulta no se sostiene únicamente en emociones pasajeras, sino en aprender a permanecer junto a Cristo incluso en los momentos de oscuridad. Finalmente, recordó que el Espíritu Santo no elimina mágicamente los problemas, pero sí transforma la manera de afrontarlos, convirtiendo al creyente en fuente de esperanza y de vida para los demás.

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