Diócesis de Osma-Soria

Carta del Obispo

¡Ven, Señor Jesús!

Diciembre de 2018

Queridos diocesanos:

Con el inicio del tiempo del Adviento hemos comenzado hace pocos días un nuevo año litúrgico. Poco a poco nos vamos acercando al gran acontecimiento que ha marcado para siempre la vida de la humanidad: la irrupción de Dios en la historia, el nacimiento del Hijo de Dios, el Dios con nosotros. Para prepararnos a vivir intensamente esta celebración, Dios nos regala estos días para abrirnos a la venida de Dios a nuestras vidas. Me he dado cuenta de que en nuestros pueblos y ciudades se encienden cada vez antes las luces de la Navidad. Corremos el riesgo de perdernos lo más importante: el Señor que viene a nosotros para salvarnos.

Por eso, es bueno que  recordemos las palabras del profeta Juan el Bautista: “Preparad el camino del Señor; allanad sus senderos” (Lc 3, 4). Estas palabras nos llevan a la conversión personal. El color litúrgico de este tiempo es el morado (que significa penitencia) y, en consecuencia, se nos invita a hacer un esfuerzo de conversión, de renovación, de mejora personal. Pero Adviento es, sobre todo, esperanza gozosa e ilusión. Poco podemos abrirnos a la venida de Dios a nuestras vidas si no confiamos en Él y en la obra que tiene proyectada para nosotros.

Vivimos en un mundo que nos lleva a confiar más en nosotros mismos y en nuestras fuerzas, dejando de lado a las personas y al mismo Dios. Nos preocupamos sólo de lo nuestro convirtiéndonos en esclavos de muchas cosas. ¡Y qué difícil es dejar entrar a Alguien en un lugar cuando lo tenemos ocupado! Por eso, os invito (me invito) a que en esta recta final del Adviento nos liberemos de aquello que nos domina (pensemos  en algo concreto que nos tiene esclavizados) y aprendamos a confiar más en Dios, a esperar en Él, dejándole entrar en nuestros corazones.

A lo largo de la historia ha existido siempre la tentación de secularizar la esperanza cristiana, es decir, de reducir la esperanza cristiana a las esperanzas meramente humanas. Es verdad que el progreso humano es bueno y necesario (de lo contrario no sería progreso) pero el Adviento nos recuerda que el cristianismo es una religión que cree en el más allá, tiene una perspectiva escatológica que transciende la historia y que no nos permite instalarnos en la pura realidad material. El Señor Jesús que ha venido por vez primera en la historia, allí en Belén, se hace presente una vez más entre nosotros y lo celebramos en la liturgia cada año en la cercana Navidad. Pero los cristianos esperamos y confiamos en la segunda y definitiva venida del Señor. La fe que se termina en el progreso puramente humano es un mero sucedáneo de la esperanza escatológica. Dios ha irrumpido en nuestra historia en Jesucristo pero la transciende y la lleva a la perfección.

Por otro lado, también existe la tentación del orgullo: creer que el hombre lo puede todo, que la realización plena del hombre está en nuestra mano. Es el pecado original: tomar el puesto de Dios. Creer que nosotros somos nuestros propios salvadores; que no necesitamos de Jesucristo para salvarnos porque nuestras buenas obras y nuestros méritos propios nos ganan la vida divina. Me llama la atención que aún siga siendo una posibilidad tan real en nuestras vidas. Así lo afirma el papa Francisco en su Exhortación  Apostólica  Gaudete et Exultate: “Los que responden a esta mentalidad pelagiana o semipelagiana, aunque hablen de la gracia de Dios con discursos edulcorados, en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas o por ser inquebrantablemente fieles a cierto estilo católico” (n. 49).

No puedo terminar sin hacer referencia al otro gran personaje de este tiempo: la Virgen María. Hace unos días celebrábamos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción que nos señala que el pecado ha sido vencido en Cristo, que la esperanza de una vida duradera es posible. Nos unimos a María, la Virgen del Adviento, la Virgen de la Esperanza, la Virgen Madre de la Navidad, y con ella, en actitud de espera, proclamamos: “Maranatha; Ven, Señor Jesús”.



† Abilio Martínez Varea
Obispo de Osma-Soria