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Señor y Cristo (29-1-2012)

Queridos diocesanos:

 La Liturgia de este Domingo (cfr. Mc 1, 21-28) nos presenta a Jesús como un gran Maestro y un Predicador creíble, así como un poderoso Taumaturgo que obra portentosos milagros.

 La gente que le oye se queda admirada porque enseña con autoridad, no como los letrados que enseñaban ‘de memoria’, sin vivencia personal. La autoridad de Jesús le viene, sin duda alguna, de su identidad divina, de su ser de Hijo de Dios, porque lo que dice lo ratifica con sus obras, no como los escribas que predican una enseñanza que no viven. Por eso, Jesús va a decir a sus contemporáneos: “Haced lo que os dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen porque ellos no hacen lo que dicen” (Mt 23, 3)

 La autoridad con la que predica y actúa Jesús es la de alguien que sabe que nadie le puede reprochar nada, porque es totalmente consecuente en la vida con lo que predica con su palabra. Así, por ejemplo, cuando afirma que “nadie tiene mayor amor que quien da la vida por sus amigos” (Jn15, 1) es capaz de ‘rubricar’ esta afirmación con la entrega de su propia vida por la salvación de todos nosotros. Si se proclama a Sí mismo como la resurrección y la vida (cfr. Jn 11, 25), aparece resucitando a muertos y dando la vida eterna a todos los que le aman. Igualmente, cuando enseña a sus discípulos cómo deben amarse, Él se pone de ejemplo: “amaos los unos a los otros como Yo os he amado” (Jn13, 34). Y si de perdonar a los demás se trata, y pide a sus discípulos que perdonen siempre y de corazón, Él aparece perdonando a los que le condenan en el momento más dramático de su existencia terrena: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)

 Es evidente, pues, que a Jesús la autoridad de sus palabras le viene precisamente de su autenticidad de vida, pues lo que dice con la palabra lo cumple y vive cada día, a la vista de todos. De este modo, Él aparece como el auténtico Maestro que enseña con autoridad.

 Ésta es una actitud que nosotros exigimos mucho a los demás pero que raramente cumplimos: los otros sólo nos convencen si son auténticos en su vida, si sus palabras no son discursos vacíos sino llenos de contenido que expresan lo que viven. Nuestras palabras -¡tantas veces!- se encuentran vacías, no tienen autoridad ninguna ni convencen a nadie porque no hay correspondencia real entre lo que decimos y lo que hacemos. En efecto, nos llamamos creyentes y cristianos pero vivimos tantas veces totalmente al margen de lo que Dios nos pide, de lo que es la esencia de la identidad cristiana, edificando nuestra existencia como si Dios no existiese.

 De lo dicho se deduce, en primer lugar y como primera exigencia, la necesidad de traslucir autenticidad de vida; la necesidad de la congruencia entre lo que somos y lo que decimos, de tal manera que nuestra vida corrobore nuestras palabras; en definitiva, se trata de que, con la ayuda indispensable de la gracia divina, confirmemos con la vida aquello que decimos que somos.

 Jesús, cuando recibe a los emisarios de Juan el Bautista, que estando en la cárcel los envía a preguntarle si Él es el Mesías o si tienen que esperar a otro (cfr. Mt 11, 3), les responde con sus obras: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva” (Lc 7, 22)

 Además, la Liturgia dominical nos muestra el poder taumatúrgico del Señor, su capacidad de obrar milagros. Jesús no es, por así decir, un ‘embaucador’ que -a modo de mago- realiza grandes trucos para divertir a los que le ven; no, sus milagros tienen un perfecto sentido creyente y mesiánico pues muestran el poder de Dios y le manifiestan como el Mesías de Dios. De este modo, Cristo obra los milagros en orden a que los otros crean en Él, suscitando la fe en los presentes y confirmando la fe de sus discípulos; el Señor nunca hace los milagros para ser admirado al estilo humano. Jesús, para obrar los milagros, sólo exige fe; es decir, que le descubran como el Mesías y crean en Él para que Él pueda salvarles.

 El Señor, a diario, hace en nuestras vidas verdaderos milagros: el milagro de la existencia al levantarnos cada día; el milagro de su perdón y de su amor, a pesar de nuestras miserias y pecados; el milagro de su presencia y compañía amorosas en cada momento de nuestra vida; y un infinito etcétera de ‘pequeños’ milagros que Él opera cada día en nosotros y a nuestro alrededor. Ante ellos, lo único que nos pide es fe; que creamos en Él y en su mensaje liberador, y vivamos nuestra vida encarnando personalmente el estilo de vida que Él vivió y que pide para sus discípulos y seguidores.

Sintámonos llamados a seguirle haciendo que nuestras palabras -lo que decimos que somos y lo que decimos que creemos- se correspondan y se vean corroboradas por una vida similar a la del Maestro; una vida que trasluzca amor, compasión, misericordia, verdad y libertad.

           

Que Dios os bendiga a todos,

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