Diócesis de Osma-Soria

Dos misioneros sorianos ante el coronavirus

27 de abril de 2020

La realidad del primer mundo nos tiene tan sobrepasados que somos incapaces de abrir el objetivo y ver qué ocurre en las otras esquinas del mundo. Un informe de la Comisión económica para África de la ONU alerta de que entre 300.000 y 3,3 millones de personas podrían perder la vida como resultado directo de la pandemia del coronavirus en África.

“La gente no tiene miedo” en Camerún

El misionero soriano Emilio José Almajano García recibe con temor estos avisos porque África es su realidad. Este sacerdote de la Diócesis de Osma-Soria es misionero en Camerún desde 1995. Comenzó en el extremo norte del país, en la ciudad de Maroua, y desde hace cinco años está cerca de lo que sería el centro geográfico del país, un pueblo de unos 15.000 habitantes llamado Ngambe Tikar. “Estamos viviendo esta situación con preocupación, en primer lugar porque tenemos familiares y amigos que están afectados en España. En segundo lugar porque aquí vemos la fragilidad de las condiciones sanitarias del país y la dificultad que tienen las autoridades para tomar medidas tajantes que puedan cortar la expansión de la enfermedad. Por mentalidad, aquí la gente prefiere que el problema se arregle por sí solo, así no se buscan enfrentamientos con las personas, algo de lo que se tiene mucho miedo”, reconoce en una entrevista realizada por el periódico El Día de Soria.

Allí, “la gente no tiene miedo” del COVID-19, asegura. Porque “viven al día y esto, por el momento, no se ve, tienen otros muchos problemas delante que sí se ven y a los que tratan de dar solución”, afirma.

El coronavirus ya ha llegado a Camerún (hay más de un millar de casos diagnosticados) pero allí las cosas se viven muy diferente a Europa: “Aquí las cosas van despacio, el 17 de marzo el Gobierno sacó una nota con trece puntos para responder al desafío del COVID-19. Lo único que la población vio de manera inmediata fue el cierre de escuelas y centros de formación, efectivo el día 20”. Un cierre que los estudiantes tomaron “como vacaciones anticipadas”, entre “brincos y alegría”.

Las medidas del Gobierno son “medidas muy de comenzar” (limitación de desplazamientos, reuniones de no más de 50 personas, etc.). Además, “tal como están redactadas, dejan la puerta abierta a una interpretación laxa”, lo que ha permitido que pronto “les busquen la vuelta”. Eso, sumado a cierta sensación de incredibilidad porque “como no se ve, se ve como algo lejos que afecta a otra gente”, ha hecho que la vida siga prácticamente igual: “El mercado y los trabajos de la gente funcionan normalmente”. La única diferencia es que los hijos que estudiaban en la ciudad han vuelto al campo: “Aquí la mayor parte de la gente tienen un campo donde cultivan lo que necesitan para vivir: maíz, cacahuetes, mandioca, yuca, judías…”.

“La gente sigue su vida normal y pienso que la mayor parte de la gente no puede hacer otra cosa”, admite Emilio José. “La señora que hacía cerveza tradicional sigue haciéndola y la gente se reúne en su casa para beberla. La gente tiene que salir a buscar agua al pozo, puesto que no tienen en casa. Los niños siguen vendiendo buñuelos o huevos cocidos en una bandeja que llevan en la cabeza y con la que se pasean por todo el mercado; los jóvenes y niños juegan al fútbol. Muchas familias viven al día, están esperando que venga el padre del mercado para ver qué trae para cocinar… la vida sigue”, resume. Porque allí, insiste, hay “muchos problemas delante que sí se ven”.

A la vista de la situación, Emilio José, junto con el equipo de religiosas y el seminarista que le acompaña, comenzaron a pensar qué podían hacer. Surgieron dos ideas, “hacer una sensibilización más amplia y comenzar la fabricación local de mascarillas”. Implicaron también al imán de la mezquita y presentaron el material al pastor protestante. Aprovecharon también una reunión de responsables y jefes tradicionales en la Subprefectura para pasar el material impreso que ellos mismos han desarrollado para concienciar a una población que, por ahora, no teme al COVID.

En República Centroafricana “no se siente esta pandemia como una amenaza; la gente vive el día a día”

En República Centroafricana, el Gobierno ha decretado, para frenar la expansión del coronavirus, “el cierre de fronteras y tráfico aéreo aunque las fronteras terrestres (más de 3.000 kilómetros) son completamente permeables; se han cerrado escuelas, la universidad, iglesias, mezquitas, bares, discotecas; se ha prohibido reuniones de más de 15 personas y se ha decretado la cuarentena”, resume el Mons. Jesús Ruiz Molina, Obispo auxiliar de República Centroafricana y con fuertes raíces sorianas. Aunque el coronavirus le ha pillado en España, sigue de cerca la situación en el país, uno de los más pobres del mundo, “desgarrado ahora con una guerra entre 15 grupos armados que se disputan las riquezas del país desde hace más de siete años”. “Un país grande como España y Portugal con apenas cinco millones de habitantes donde la esperanza de vida no llega a los 50 años; con casi un 20% de mortandad infantil y tan solo un 35% de gente alfabetizada; un país donde la gente vive con menos de un euro al día”.

Con esta situación social, las medidas adoptadas para frenar la pandemia, aunque se asemejan a las europeas, se viven como una realidad paralela. “¿Cómo vivir la cuarentena en un país donde más del 85% no tienen agua corriente?”, se pregunta Mons. Ruiz Molina. “En África se vive en la calle y a la casa se va solo para dormir, ¿cómo confinarse ocho o diez personas en la misma habitación durante días y días? Tradicionalmente se come todos en el mismo plato y con las manos (en la mayor parte de las familias no hay ni cucharas ni tenedores). En la tradición, cada vez que te encuentras con alguien, hay que saludarlo con un apretón de manos. Los transportes públicos acogen a decenas de pasajeros enlatados como sardinas. Los mercados son un hervidero de gente…”, relata para evidenciar la ineficacia allí de medidas que aquí se imponen. “No se puede cambiar del día a la mañana toda una tradición. En nuestra África se vive en la calle; es una cultura del contacto”, insiste.

Aislarse en casa es un imposible y la higiene de manos una utopía. “Es una práctica que se ha incrementado estas semanas en la capital pero, fuera de la capital y con casi un millón y medio de desplazados, muchas veces una bola de jabón es un bien preciado que no está al alcance de todos. Amén del agua corriente, que es un lujo para más del 95% de la gente. El resto tienen que ir cada día al río o al pozo a sacar agua. Y la mayor parte de los sanitarios son letrinas excavadas en el suelo”, explica para evidenciar por qué allí “la gente vive ajena a esta pandemia pues la verdadera preocupación es sobrevivir cada día”. Si no se busca comida a diario, “se muere de hambre”, reconoce.

La alarma internacional suena también como un eco lejano en este país africano. Entre otras cosas porque “el acceso a los medios de comunicación social es muy limitado”. Por todo ello, insiste, “no se siente esta pandemia como una amenaza. La gente vive el día a día”.

Además, en un país en conflicto armado, el Gobierno solo controla el 20% del territorio nacional ya que el resto está en manos de los grupos guerrilleros. “Han cerrado los bares pero la gente está abarrotada en el interior. Un párroco de la capital me contaba cómo, a pesar de la cuarentena decretada por el Gobierno, el domingo eran cientos y cientos los que acudieron a la misa dominical… Ante la insistencia del párroco que no se podía celebra, ellos respondían: «A nosotros nos protege Dios»”. A pesar de las consignas de la Conferencia Episcopal de suprimir todo acto religioso, sensibilizar a la población y ayudar a las autoridades para evitar el contagio, la conciencia de la población está muy lejos de ver en esto una real amenaza para ellos. “La real amenaza es el hambre, la pobreza (miseria) y la violencia armada”, sintetiza Mons. Ruiz Molina.