Diócesis de Osma-Soria

Dos nuevos mártires a los altares

01 de noviembre de 2017

El sábado 11 de noviembre el Cardenal Amato proclamará beatos al P. Teodoro Gómez Cervero, natural de Deza (Soria), y al P. Manuel Requejo Pérez, natural de Aranda de Duero (Burgos), que fue presbítero de la Diócesis de Osma antes de ingresar en la Congregación fundada por San Vicente de Paúl.

En total serán beatificados 60 nuevos mártires del S. XX de la Familia Vicenciana: 40 paúles, 2 Hijas de la caridad, 7 laicos Hijos de María, 5 presbíteros diocesanos y 6 Caballeros de la Medalla milagrosa. Estos 60 mártires vicencianos se suman a los 42 mártires de la fe en la España del S. XX, Hijas de la caridad y misioneros paúles, ya beatificados en Tarragona en 2013. Todos ellos murieron por fidelidad a Jesucristo, dando testimonio de su fe y del carisma vicenciano, perdonando a sus verdugos, fortalecidos por la Eucaristía y por su devoción a la Virgen Inmaculada de la Medalla milagrosa.

P. Teodoro Gómez Cervero

El P. Teodoro Gómez Cervero nació en Deza el 7 de diciembre de 1877; sus padres se llamaban Agustín y María Antonia. Fue bautizado en la parroquia de Deza el 9 de diciembre de aquel mismo año. En Madrid hizo sus votos como paúl el 8 de diciembre de 1895; seis años más tarde (el 1 de junio de 1901) fue ordenado presbítero.

De los 35 años de vida sacerdotal del P. Teodoro Gómez, 25 los pasó en Cuba. Llegó a La Habana el 1 de septiembre de 1901, recién ordenado sacerdote, todavía no cumplidos los 24 años. Con alma de misionero y unas cualidades humanas extraordinarias supo integrarse entre los nativos, a los que llevó en su corazón hasta en los últimos momentos. Pasó los mejores años de su vida entregado en cuerpo y alma a los bohíos, en jornadas a caballo y a pie, en la administración de sacramentos por centenares y en instrucciones al pueblo sobre las verdades de la fe. A su regreso a España en 1926 lo destinaron a Valdemoro; allí se encontraba en la persecución de julio de 1936. Los que lo conocían afirmaban de él: “Era un hombre bueno; esta cualidad le tornaba inmune a la maledicencia y al malquerer. Nadie se atrevía a ofenderle. Amante verdadero del saber. Su alegría comunicativa le acompañará incluso en la cárcel”.

El P. Teodoro Gómez y el P. Benito Quintano estuvieron en los calabozos de la Dirección General de Seguridad de Madrid poco más de un día y los llevaron a la cárcel de Ventas. Dos días más tarde ingresaron en la misma cárcel el H. Isidro Alonso Peña y el resto de la comunidad de Valdemoro. En el departamento llamado salón de los frailes había salesianos jóvenes y religiosos de la Doctrina Cristiana. Él les hacía pasar ratos agradables contándoles sus experiencias de misionero en América.

Al tercer mes de encierro, el P. Teodoro Gómez empezó a desmejorarse, se le veía decaído y rara vez se entusiasmaba con el canto. Tuvo que seguir durmiendo con todos en el salón hasta primeros de noviembre cuando ya tenía los pulmones deshechos. El 12 de noviembre resuelven que el enfermo sea trasladado inmediatamente a la enfermería. No parecía un ser viviente. Todavía no había llegado la Eucaristía a la cárcel de Ventas por lo que se confesó sabiendo que era para morir y junto con sus compañeros religiosos hicieron una comunión espiritual como viático. Ofreció su vida por la salvación de España. Espiritualmente no pudo hacerse más por él. Murió el 15 de noviembre de 1936 en la cárcel como un buen cristiano, como un buen sacerdote, como un buen misionero. Al reconocer su martirio Roma le aplica la doctrina de Benedicto XIV según la cual: “Hay que contar entre los mártires al que, arrestado en la cárcel por odio a la fe o desterrado por la misma causa, muere a consecuencia de los padecimientos o malos tratos experimentados en la cárcel o en el exilio”.

P. Manuel Requejo Pérez

El P. Manuel Requejo Pérez nació en Aranda de Duero, entonces Diócesis de Osma, el 10 de noviembre de 1872. Sus padres eran Tomás y Cándida; fue bautizado en la parroquia de Santa María dos días más tarde. Sacerdote de la Diócesis de Osma, ingresó en la Congregación de la Misión a los 56 años de edad y 33 de sacerdocio; hizo sus votos como misionero paúl en París el 7 de noviembre de 1930 y fue martirizado en Madrid el 30 de agosto de 1936.

El Obispo de Osma, Mons. Miguel de los Santos Díaz y Gómara, lo describía así: “Es sacerdote de ejemplar vida y costumbres; muy celoso en el desempeño de sus deberes, habiendo demostrado singular prudencia y competencia en cuantas delicadas comisiones ha tenido que desempeñar en el ejercicio de sus importantes cargos. Maestrescuela de nuestra santa Iglesia Catedral, y nuestro Secretario de cámara y gobierno”. El P. Carmelo Ballester Nieto, C. M., que lo conocía bien por su hermana Sor Mercedes Requejo, fue quien lo presentó al Superior general, P. Francisco Verdier, elogiando su piedad y buenas cualidades. Su único destino como Padre Paúl fue la comunidad de Fernández de la Hoz en Madrid, a donde llegó en noviembre de 1930.

Desde el 18 de agosto de 1936 el P. Requejo estaba en el asilo de ancianos de las Hermanitas de los pobres de la calle Doctor Esquerdo de Madrid, mezclado con los ancianos, vistiendo y viviendo como uno de ellos. En las mismas condiciones estaba refugiado allí un sacerdote redentorista, el P. Antonio Girón González. Por tratarse de una Congregación francesa no despidieron a las Hermanitas pero el 24 de agosto los comunistas se incautaron de la casa, colocaron sus mandos en puestos claves y fueron unos días trágicos. A las seis de la tarde, los dos sacerdotes y la hermana sacristana comulgaron y consumieron la Eucaristía de la capilla. El P. Redentorista dijo a la hermana: “Ahora sí que es para el Cielo”.

A los ancianos les sometieron a largos interrogatorios. El domingo 30 de agosto llegó el turno para el P. Girón y el P. Requejo; ninguno de los dos negó su condición de sacerdote y religioso. Inmediatamente los montaron en un automóvil y se los llevaron a fusilar. El portero del asilo, que les vio subir al coche, observó que el P. Requejo iba con paso firme y alta la cabeza. Uno de los milicianos, apodado el matador, le decía a un joven de 17 años a quien estaban adiestrando a disparar con buena puntería que matara a esos dos sacerdotes porque no se moverían. Los cadáveres aparecieron al día siguiente en un descampado llamado Fuente Carrantona, cerca de Vicálvaro.