Diócesis de Osma-Soria

Mons. Jesús Ruiz Molina: “La gente me enseñará a ser Obispo”

16 de septiembre de 2017

Recién llegado de Bangassou (República Centroafricana), en lo que ha sido su primer contacto con su Diócesis, Jesús Ruiz Molina, misionero comboniano con raíces sorianas que el 11 de julio pasado fue nombrado Obispo auxiliar de Bangassou, ha pasado unos días en el pueblo natal de sus padres, el pueblecito de La Olmeda, junto a la Villa de El Burgo de Osma. Allí, en la acogedora casa familiar, al lado de la fuente de la zorra, nos ha recibido con sus padres, Mari Nieves y Maximino, y su hermano mayor, Luis, ofreciéndonos una deliciosa comida y regalándonos esa familiaridad y cariño propio de quien vive con sencillez y naturalidad el Evangelio.

Maite: ¿Cómo han recibido la noticia del nombramiento de su hijo como Obispo?

Nieves: Ahí estábamos, el uno y el otro y nos llamó nuestro hijo pequeño, Juanma, el día 10 de julio, la víspera de que se supiera. Nos quedamos como atontados… Sabíamos que iba a venir pero nada más.

Jesús: Les dije a mis hermanos que se lo dijeran antes de que se enteraran por la prensa.

Nieves: Al día siguiente, salió la noticia en la COPE y luego ya empezaron a llamar unos y otros, lo dijo el párroco en la iglesia, se corrió la voz pronto. No pegamos ojo en toda la noche.

Maite: ¿Esperaban algo así?

Jesús: Ni ellos ni yo, nadie lo esperaba.

Maxi: Por una parte sentimos una alegría muy grande y, por otra, un sinsabor porque donde trabajaba antes estaba más tranquilo, pero en su nuevo destino, por lo que dicen, está todo más enredado y es más peligroso.

Nieves: Ya veremos, que sea lo que Dios quiera.

Maite: Viven en Miranda de Ebro y pasan temporadas en La Olmeda ¿verdad?

Maxi: Sí, sobre todo en verano. Yo he trabajado 41 años en la RENFE, en distintos puestos. Luis nació en Almazán, Jesús en La Cueva de Roa el 23 de enero de 1959, en una casilla allí en la vía, y cuando él tenía once meses fuimos a Miranda de Ebro, donde nos afincamos y nació nuestro hijo pequeño, Juanma, que ahora tiene dos hijos.

Nieves: Yo nací en esta casa, que era de mi bisabuela [y señala la preciosa pared repleta de fotos de familia, entre las que se ve a la dueña de la casa, a Maxi con sus padres y hermanos, nada menos que nueve, de los que él era el mayor, o la foto de su boda en La Olmeda el 19 de febrero de 1955].

Maite: ¿Cómo fue la infancia de Jesús?

Nieves: Pues Jesús fue un niño como otro cualquiera; cuando se marchó al Seminario el párroco lo sabía y nosotros no sabíamos nada. Como mi marido tenía un sueldo bajo, él no nos lo quería decir. Siempre ha sido de ideas firmes.

Maxi: Entró en el Seminario de Burgos a los once años y después se fue con los Combonianos porque quería ser misionero. Fue a Granada para el postulantado, luego Moncada (Valencia), luego diácono en París y la Ordenación sacerdotal en Miranda de Ebro en 1987.

Jesús: Lo mío es de vocación: como mi padre estaba en la RENFE y fuimos naciendo cada uno en un sitio, yo he seguido la tradición itinerante.

Maite: Hace 25 años que Jesús marchaba a África ¿cómo llevan la distancia?

Nieves: Ahora bien, nos vemos en el ordenador, hablamos por Skype… Lo peor era antes pues ni las cartas llegaban, no tenían teléfono...

Jesús: En una ocasión estuvimos año y pico sin poder comunicarnos pues cuando llegué al Chad no había teléfono. La primera vez que os llamé por teléfono fue cuando fui a Bangui, recorrí 1200 km… Cuando a ti te operaron, papá, hice un viaje muy accidentado y, al llegar, el teléfono estaba estropeado.

Nieves: Yo llamaba y llamaba a los Combonianos en Madrid y siempre me decían que estuviera tranquila porque, si pasa alguna cosa, nos enteramos.

Jesús: Ahora todo ha cambiado, a veces Internet va a pedales pero ya es distinto.

Maxi, con 87 años recién cumplidos, trabaja en su huerta ocho horas al día y Mari Nieves (como le llamaba su padre), tiene dos prótesis en la rodilla y puede moverse poquito pero eso no frena la vitalidad y el amor desbordante que han demostrado en toda una vida de esfuerzo y sacrificio, de mucha fe.

Jesús, junto al Obispo Juan José Aguirre, tienen refugiados en su Seminario a 2000 musulmanes desde hace meses, con todas las facciones y milicias del país enfrentadas y víctimas a diario, con las fuerzas de la ONU incapaces de pacificar un conflicto en el que se mezclan los intereses económicos (los principales) con el tema interreligioso y las luchas tribales, amenazados de muerte y con el personal de la misión huido; se prepara para su Ordenación episcopal que se celebrará en Bangui el próximo 12 de noviembre. No tiene miedo, él sabe para quién trabaja, como bien refleja en su lema: “Él me ha amado y se ha entregado por mí”.

Maite: ¿Cómo se siente en su nueva misión como Obispo de este pueblo sufriente?

Jesús: La gente me enseñará a ser Obispo, es ella la que te enseña, no los libros. El Obispo es un pastor y tiene que estar con su gente. Lo que más me ha gustado de mi vida es la pastoral, el contacto con la gente, con el pueblo, ése es el verdadero evangelio. Que ahora nosotros nos quedáramos con ellos en los momentos duros, cuando todos se marcharon y las ONGs desaparecieron… eso no se les borra.

Administrar una Diócesis lleva a mucha burocracia, tienes que alimentar a tus sacerdotes, buscar el dinero, hacer papeleos. El Obispo con el que yo he estado en M’Baiki, a 1000 km de Bangassou, no tiene secretario ni ecónomo. La estructura es inmensa pero ahí está la audacia de saber cómo manejarlo. En África eres tú y te preparas el desayuno, peleas por los contenedores en las aduanas y consigues la leche para los niños como puedes.

Maite: ¿Cuántos sacerdotes hay en Bangassou?

Jesús: 23 sacerdotes en una superficie que es la quinta parte de España. Son Diócesis inmensas, con parroquias muy distantes entre sí, carreteras pésimas, puentes que no existen. Nos trasladamos en aviones humanitarios. Mis visitas serán estar un mes en un sitio, dos semanas en otro y así. Es lo que he estado haciendo: Visitaba a la gente, dormía en sus casas, el que tú entres en la casa es la salvación para la familia. Como ocurre en el Evangelio cuando entra Jesús en la casa de Zaqueo: “Hoy entró la salvación en esta casa”. Ir, quedarte, charlar hasta las tantas, bailar con ellos.

Maite: ¿Cómo fue su llamada vocacional?

Jesús: Todo ha sido una intuición. Desde siempre, desde pequeño he sentido la idea misionera, me acuerdo de ir a la Novena de San Francisco cuando tenía cinco años con mi madre. Luego, cada vez que venía un misionero, me quería ir con él. Y cuando fui mayor tomé mi opción. Aquí hay un estilo de Iglesia, a mí me atrae más el otro estilo. En mi familia he visto ese contacto con los pobres, la ayuda mutua. Nos ayudaban a nosotros a través de Cáritas. Ir con mi padre a recoger a algunos mendigos en la estación o ver a mi madre servir en Cáritas me ha marcado. La opción misionera es la opción por los últimos, estar con ellos es mi alegría, no es ningún sacrificio, al contrario, es mi plenitud. Yo he ido viendo que el Evangelio es vida y tiene que producir vida a los que no pueden, a los que están tirados por el suelo.

Maite: 15 años en el Chad y 9 años en Centroáfrica...

Jesús: África sigue siendo el continente más olvidado. Allí nos batimos el cobre para que vayan a la escuela, que haya sanidad, justicia, que se trabaje por una liberación de las conciencias, que haya un conocimiento de Jesucristo. La fe tiene que ser algo vivo, no puede ser una ideología, una práctica o una moral, tiene que ser algo que nos ayude a vivir. El Evangelio es una propuesta de vida y no una doctrina. Esto lo he visto muy fuerte en África. Incluso en estos momentos de muerte que estamos viviendo, ellos mantienen la paz en su interior.

Maite: ¿Fe y vida, unir estos dos conceptos es más fácil en África?

Jesús: Aquí tenemos todo satisfecho, somos ricos, no necesitamos a Dios. El pobre no tiene nada y se agarra a un ascua ardiendo, por eso cuando ven que el Evangelio produce vida, que hacemos funcionar una escuelita o un hospital para las madres encintas eso es buena noticia para ellos. Y cuando eso se celebra en celebraciones de dos horas, donde se reza con los pies, bailando, etc. se produce vida. Pero el gran salto al perdón y la reconciliación es otra cosa porque hay muchas heridas: “Han matado a mi mujer, a mis hijos…”. El camino del perdón es muy lento. Aquí para muchas personas la cuestión religiosa es como un parche al que dedicamos unas horitas, allí es algo vital. Al niño que nace le ponen de nombre “Dios me lo ha dado” o “Te doy gracias”. El Evangelio yo lo he vivido con la gente, lo que es la fe de los sencillos, “los últimos os precederán”. Lo ves encarnado, cuando nunca han oído hablar ellos de estas cosas. ¿De dónde les viene esta sabiduría y alegría con la que les está cayendo? Esto no viene más que de arriba. Estas son las grandes compensaciones, la gente tiene sed y hambre de Dios, lo que no ocurre aquí.

Maite: Lleva muchos años compartiendo la vida con el pueblo pigmeo ¿cómo ha sido la experiencia?

Jesús: El pigmeo es un pueblo esclavo pues no se les considera personas, no tienen derecho a nada, se les trata como a animales. Hacemos un trabajo de escudo con ellos aunque después de veintitantos años no hemos conseguido que les guste la escuela, quieren la vida libre, en la selva. Hemos trabajado mucho a nivel sanitario y de integración. Cuando llegué no había ningún cristiano pero, al cabo de estar con ellos algún tiempo, un día me dijeron: “Padre, nosotros queremos ser también cristianos”. Empecé con un matrimonio, María y Jean-Pierre, les dije: “La fe cristiana es como un pájaro con dos alas, una va a ser la Palabra de Dios, yo voy a venir todas las semanas; y otra el desarrollo, es decir, tenéis que excavar el pozo y enviar a los niños a la escuela. Si vosotros respetáis eso, yo respeto la otra”. Yo cumplí, ellos a medias. Ya hay un grupo de 37 pigmeos que bautizamos hace tres años. Ahora sí somos la comunidad de Cristo. Cuando vaya mi familia para la Ordenación sólo iremos a tres sitios y uno de ellos es el campamento pigmeo.

Maite: Las lenguas allí son muy complejas pero indispensables...

Jesús: Sí, en el Chad eran lenguas nilóticas, muy difíciles y diferentes entre sí. Yo traduje el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles en lengua bedjonde. En Centroáfrica hay una lengua nacional, el sango, menos complicada. Lo que no consigo expresar con palabras, lo hago con las manos y el corazón, que llega a todos. Valoran mucho cuando les hablas en su lengua. Cuando Juanjo (Mons. Juan José Aguirre) habla en sande, la gente alucina. Hay que estudiarlas. Cuando vienen los de las ONGs, ves que están fuera de todo, el no conocer una lengua y el venir para dos meses… no hay vida compartida, no hay historias.

Maite: De la Iglesia particular a la universal ¿cómo ve el momento actual?

Jesús: Para mí ha sido un gran respiro y un gran empujón el Papa Francisco, todo lo que está vehiculando, una Iglesia en salida, el no tener miedo. Si no hay vocaciones para sacerdotes habrá para laicos. Yo estuve seis años preparando y enviando a muchos laicos misioneros. Aprovechemos esto: a veces vamos como perdedores, casi pidiendo perdón por creer. Hay que recuperar la alegría de vivir nuestra fe en esta sociedad, estando ahí donde se cuecen las habas. Salir con alegría, no con escudos ni como víctimas. Si esto no es obra nuestra... Seamos cristianos cada uno desde su posición. Cuando el Evangelio es alegría para ti, la transmites, viviéndola en familia, en la parroquia, haciendo una lectura creyente de la realidad. Me gustaría vivir este ministerio desde esta óptica. Y con respecto a la situación límite y caótica de República Centroafricana, lo que queremos nosotros es transmitir información veraz directa que os pueda llegar sin pasar por los filtros y poderes interesados.

Maite Eguiazabal Rodríguez, Delegación de MCS de Osma-Soria