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BEATO JULIÁN DE SAN AGUSTÍN Religioso profeso de la Primera Orden franciscana, nació hacia 1553 y murió en 1606. Fue beatificado por León XII el 23 de mayo de 1825. Julián Martinet, nuestro beato, nació en Medinaceli (Soria). Era hijo de Andrés Martinet, francés fugitivo de Toulouse a causa de los calvinistas, y de Catalina Gutiérrez, joven obrera de Aguaviva de la Vega. En edad juvenil vistió el hábito de los Hermanos Menores en el Convento-Retiro de La Salceda. Desde un principio se dio a tan exageradas penitencias que sus hermanos lo juzgaron como loco y le aconsejaron retirarse. Después de mucha insistencia, fue recibido nuevamente, pero luego fue despedido por los mismos motivos. Este hecho le movió a irse a vivir cerca del convento llevando una vida eremítica; cada día pedía a los frailes un trozo de pan, y éstos, conmovidos por su vida santa, lo aceptaron por tercera vez en el convento, tras lo que -finalmente- pudo emitir la profesión en la Orden franciscana. Después de una breve permanencia en Ocaña, regresó de nuevo al convento de San Diego de Alcalá. Al encomendársele el oficio de limosnero se distinguió por la rigurosa mortificación, la pobreza y la humildad. Favorecido con el don de profecía y de ciencia infusa, mereció una gran veneración por parte del pueblo, al que edificó con sus virtudes y en el que logró muchas conversiones. El amor hacia Dios le inspiraba comprensión para con el prójimo. La miseria de los pobres despertaba en él una tierna compasión. Se interesaba por sus necesidades, los consolaba hablándoles de la felicidad del cielo; exhortaba a los ricos a ayudar a los pobres y a darles trabajo. Dividía su alimento con los hambrientos. Era maravilloso su apostolado cuando de puerta en puerta pedía la limosna. Por muchos años ejercitó este apostolado con humildad y paciencia; tenía para todos una palabra de aliento, para llevar almas a Dios, quien glorificaba la humildad de su siervo con prodigios: muchos enfermos fueron curados, multiplicaba los alimentos; profesores de la universidad de Alcalá a menudo iban a consultarle sobre difíciles asuntos y volvían maravillados de sus respuestas, convencidos de que Dios le había infundido la ciencia. Después de una vida pura, inocente, mortificada, plena de obras buenas, Fray Julián vio llegar finalmente la hora de la recompensa. Recibió los últimos sacramentos con gran fervor y luego, con el rostro iluminado por una luz divina, abandonó el destierro para llegar a la patria del cielo. Era el 8 de abril de 1606. Tenía 53 años de edad. A la noticia de su muerte el clero, los profesores de la Universidad, los nobles y sobre todo el pueblo que él había amado tanto, acudieron al convento de los Hermanos Menores para venerar al siervo de Dios, cuyo cuerpo permaneció expuesto por dieciocho días. Numerosos milagros sucedieron en su tumba, que fue colocada en una capilla que el pueblo de inmediato llamó de San Julián. BEATA JUANA DE AZA De Juana de Aza, la verdad, es que no se saben muchas cosas. Y las que se saben pueden reducirse prácticamente a una: que fue la madre de Santo Domingo de Guzmán. Esto no quiere decir que no se tengan de ella otros datos que éste. Como saberse, se sabe el nombre de su padre, que fue don García Garcés, señor del condado de Aza, mayordomo mayor, ayo y tutor del rey don Alfonso IX; y el de su madre, doña Sancha Bermúdez de Trastámara. Juana de Aza nació, pues, en el seno de una familia noble, enlazada varias veces con la casa real de Castilla. Tampoco se ignora el nombre de su marido. Hacia los veinte años Juana de Aza se casó con don Félix Ruiz de Guzmán, señor de la villa de Caleruega. En esa villa vivieron ellos y allí nacieron sus tres hijos. El mayor, don Antonio, fue sacerdote y consagró su vida a los peregrinos y enfermos que acudían al sepulcro de Santo Domingo de Silos, cerca de Caleruega. El segundo, don Manés o Mamerto, siguió a su hermano menor y se hizo dominico. Santo Domingo fue el tercero de los hermanos, y parece que se llamó Domingo por un sueño que tuvo su madre en los meses que precedieron al nacimiento. Soñó Juana que llevaba en el vientre un cachorrillo (algunos dicen que se trataba de un cachorrillo blanco y negro) que tenía en la boca una antorcha y que salía y encendía el mundo. Juana se asustó y se fue a rezar a Santo Domingo de Silos, que había muerto cien años atrás. Le hizo una novena y parece que prometió que el hijo que iba a nacer llevaría el mismo nombre que el Santo. Lo que no podía prever es que, en el santoral, el hijo que Juana llevaba en las entrañas había de eclipsar al buen Santo Domingo de Silos, bajo cuya protección nacía. La grandeza de Juana de Aza, como madre de Santo Domingo, radica menos en haberle dado a luz que en haberle dado luz: ella, sus cosas, sus gestos, fue la luz que alumbró la infancia de Domingo de Guzmán. En ella aprendió a vivir y a ser bueno: infantil, puerilmente bueno, bueno como niño, que es lo que era. ¿Y hay manera mejor de ser bueno que la de serlo como niño? Juana de Aza, madre de familia, era una gran maestra en esa suprema asignatura sobre la que precisamente se nos pasará el examen final, el amor. Murió, a comienzos del siglo XIII, en Peñafiel. León XII confirmó su culto el día 1 de octubre de 1828.
BEATOS JUAN JESÚS ADRADAS, PEDRO MARÍA ALCALDE Y GONZALO GONZALO Asesinados en Paracuellos de Jarama (Madrid) durante la persecución religiosa desatada contra la Iglesia católica en 1936. En el historial persecutorio de los religiosos tiene la Orden de San Juan de Dios -a la que pertenecían nuestros tres beatos mártires- su capítulo no menos glorioso que el de los demás Institutos. Ellos son buen testimonio de que la persecución no se limitó a determinados aspectos de la vida política y social, sino que intentó la eliminación total del hecho religioso en España. Por eso no hubo excepciones, ni se tuvieron en cuenta las peculiaridades de las instituciones (ni tan siquiera las vidas de personas que, como los tres beatos, se dedicaban exclusivamente al cuidado de los enfermos) ni la dificultad de llenar sus vacíos. Los Hermanos de San Juan de Dios, ligados con deberes sagrados con los enfermos, no podían abandonar a éstos para salvarse a sí mismos sin hacer traición al ideal sublime de su propia vocación, que es de dar la vida por los pobres enfermos, como lo tienen prescrito en uno de los artículos de las Constituciones. Por eso, en los primeros meses de la contienda fratricida española, fueron brutalmente asesinados. El P. Juan Jesús Adradas nació en Conquezuela (Soria) en 1878. Joven sacerdote de la Diócesis de Sigüenza, conoció a los Hermanos Hospitalarios en Zaragoza, en cuya familia religiosa ingresó en 1908. Encarcelado el 7 de agosto de 1936 fue incluido en una de las sacas de los frentepopulistas el 28 de noviembre. Tenía 58 años y 32 de vida religiosa. Pedro María Alcalde nació en Ledesma (Soria) el mismo año que el P. Juan Jesús. Tras la muerte de su esposa, se dedicó con entusiasmo al cuidado de enfermos ayudando a los Hijas de la Caridad del Hospital viejo de Soria. Ingresó como hermano de San Juan de Dios en 1914. Encarcelado fue sacrificado por el odio anticatólico el 28 de noviembre, día en que tuvo la gloria de morir por el Señor. El hermano Gonzalo Gonzalo nació en Conquezuela (Soria) en 1909. En 1932 entró en la familia de los Hermanos Hospitalarios, orden en la que vivió heroicamente su oficio de limosnero, recogiendo en la calle la limosna para el Asilo que cuidaba. Allí, en la calle, el 4 de agosto de 1936 murió en el ejercicio de un servicio de obediencia y caridad, arriesgando su vida y perdiéndola por Cristo. |
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