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SAN SATURIO San Saturio nació en el año 493. Según la leyenda era un godo que provenía de una familia adinerada. A la muerte de sus padres dio todos sus bienes a los pobres y se retiró a estas cuevas para vivir santamente en oración permanente con Dios y el Arcángel San Miguel. Cuando llevaba treinta años vio a un joven intentando cruzar el río. Empezó a darle gritos por lo peligrosa que era tal aventura. El joven se llamaba Prudencio. Al oír las voces del eremita, asustado, se tiró al río. Y cuando todo el mundo esperaba que llegase muerto arrastrado por la corriente, llegó, sin embargo, sano y salvo. Es más: las aguas ni siquiera le habían mojado. El joven subía hasta aquellos riscos para pedir su bendición y solicitar vivir a su lado. Tras siete años juntos, Saturio murió y Prudencio, después de enterrarle en la cueva volvió a su lugar, Tarazona, donde su fama de santidad hizo que fuera elevado el episcopado.
SAN PRUDENCIO San Prudencio, Obispo de Tarazona, se cree que nació en esta ciudad hacia el 720. A la edad de 15 años decidió abandonar la casa paterna y retirarse a orar en soledad. Coincidió con el ermitaño Saturio, bajo cuya dirección espiritual estuvo siete años. Dejó la soledad para ir a predicar el Evangelio a Calahorra. Allí convirtió a muchos paganos que aún había, gracias sobre todo al don de curar las enfermedades del alma y del cuerpo, por lo que adquirió gran fama. Por huir de ésta, pasó a Tarazona, donde se distinguió por su ejemplarísima vida. Se puso desde el primer día al servicio de la Iglesia, donde ejerció primero de sacristán, luego recibió las sagradas órdenes y más adelante fue nombrado arcediano. En esa responsabilidad se mantuvo hasta que, habiendo muerto el Obispo, clero y fieles le rogaron que quisiera ser el sucesor en la silla episcopal. Accedió el santo varón y fue consagrado Obispo. Hubo de intervenir en el Burgo de Osma para restablecer las relaciones pacíficas entre el Obispo de esa ciudad y sus canónigos, cosa que consiguió a plena satisfacción de ambas partes. Cuando estaba dispuesto a volver a su tierra, fue víctima de una grave enfermedad que acabó con él. Corría el año 861. Al haber muerto fuera de su Diócesis, su cuerpo fue trasladado por un carro de mulas. Al llegar a seis leguas de la ciudad, no hubo fuerza humana capaz de hacer avanzar más el carro en que eran trasladados los restos mortales del santo Obispo. Allí mismo se edificó un gran monasterio.
SAN MARTÍN DE FINOJOSA D. Miguel Muñoz de Finojosa y su esposa Dª Sancha Gómez, de abolengo ilustre y familia nobilísima, fueron los padres de Martín de Finojosa, que nació en la segunda mitad del siglo XII y que llegaría a ocupar la Sede de Sigüenza desde 1186 a 1192. Nació Martín en Deza hacia el año 1140. A los 18 años de edad tomó el hábito religioso en Cántabos, en la Orden Cisterciense, donde hizo su noviciado, trasladándose después al monasterio de Santa María de Huerta. A los veintiséis años de edad fue nombrado Abad de este Monasterio. Vacante la silla episcopal de Sigüenza, tras haber muerto su obispo D. Gonzalo, fue nombrado para sucederle el santo Abad de Huerta Fray Martín de Finojosa que brilló en esta Sede con enorme virtudes. De profunda humildad, renunció al Obispado seguntino para retirarse a vivir ocultamente entre sus amados monjes de Huerta, donde sobrevivió todavía veintiún años. Al regresar de un viaje al Monasterio de la Oliva, murió en Subdosa (hoy Sotoca) a los setenta y tres años de edad. El R. P. Crisóstomo Henríquez, cronista general de los Cistercienses en el Monologio de la Orden afirma: «En España, San Martín, Abad de Huerta y Obispo de Sigüenza, que con evidentes señales de virtudes mostró desde su niñez indicios de santidad, y conservando incorrupta la integridad de su alma y de su cuerpo, resplandeció en espíritu profético y varios milagros. Después de haber regido la Iglesia seguntina por espacio de siete años, anhelando la quietud de la soledad, dejando el Obispado, volvió a su propio Monasterio donde hizo vida angelical hasta los setenta y tres años. Al regreso de una visita que hizo al Monasterio de Oliva, murió piadosamente en el camino, habiendo conocido algunos días antes, por revelación divina, que estaba muy próxima su muerte. Exhaló su cuerpo olor suavísimo y celestial que se difundió por toda la casa, notándose allí durante muchos días. El instante de su fallecimiento fue divinamente conocido por los monjes de Huerta, quienes llevaron el sagrado cuerpo sepultándole honoríficamente en el Monasterio. En su sepulcro se han verificado varios milagros».
SANTO DOMINGO DE SILOS Nació en La Rioja, cerca del año 1000. Entró de religioso con los Padres Benedictinos en el famoso monasterio de San Millán de la Cogolla y, estando allí, hizo grandes progresos espirituales recibiendo del Espíritu Santo la inspiración para interpretar los temas de la Revelación divina contenidos en la Sagrada Biblia. Llegó a ser superior del convento y, en sólo dos años, restauró totalmente aquella construcción que ya estaba deteriorada. Un día llegó el rey de Navarra a exigirle que le entregara los cálices sagrados y lo más valioso que hubiera en el convento para dedicar todo esto a los gastos de guerra. Santo Domingo se le enfrentó valientemente y le dijo: "Puedes matar el cuerpo y a la carne hacer sufrir pero sobre el alma no tienes ningún poder. El Evangelio me lo ha dicho, y a él debo creer, que sólo al que al infierno puede echar el alma, a Ese debo temer". El rey de Navarra, lleno de indignación, desterró al abad Domingo. Al enterarse de lo ocurrido, el rey Fernando I de Castilla lo mandó llamar y le confió el Monasterio de Silos, que estaba en un sitio estéril y alejado; además se hallaba en estado de total abandono y descuido, tanto en lo material como en lo espiritual. Santo Domingo demostró ser un genio organizador con un talento para la restauración. Levantó un monasterio ideal, y formó, entre otras cosas, una biblioteca llena de los mejores libros de ese tiempo, transformando aquella casa en un lugar de trabajo y oración. Santo Domingo de Silos logró liberar a más de 300 cristianos que estaban prisioneros y eran utilizados como esclavos por los musulmanes. Por esta razón se le representa frecuentemente acompañado de hombres con cadenas. El biógrafo, que escribió sobre la vida de este santo, poco después de su muerte, dice que no había enfermedad que las oraciones de este santo no lograran curar. 96 años después de su muerte, el santo se apareció en sueños a la madre de Santo Domingo de Guzmán para anunciarle que tendría un hijo que sería un gran apóstol. Por eso cuando el niño nació lo llamaron Domingo en honor al santo de Silos. Murió el 20 de diciembre del año 1073.
SAN PEDRO PÓVEDA Nació en Linares (Jaén) el día 3 de diciembre de 1874. Allí recibió el Bautismo en la Parroquia de Santa María una semana después, y la Confirmación el 5 de abril de 1875. Fue el mayor de seis hermanos, hijos del matrimonio compuesto por don José y doña María Linarejos. Su padre era químico en una Sociedad minera y concejal del Ayuntamiento. Desde muy niño sintió atracción por el sacerdocio y, apenas cumplidos los diez años, manifestó su deseo de estudiar en el Seminario de Jaén. Tras prolongada insistencia, lo consiguió al terminar el segundo curso de Bachillerato, a condición de que hiciera a la vez los estudios eclesiásticos y los civiles. En 1893 obtuvo el título de Bachiller. En esos años aprendió a mirar con caridad a los pobres de los suburbios y a los numerosos emigrantes que trabajaban en las minas. Por dificultades económicas de la familia, a causa de la enfermedad del padre, en 1894 se trasladó al Seminario de Guadix (Granada), donde le fue concedida una beca por el Obispo de esta Diócesis, el Siervo de Dios Maximiano Fernández del Rincón. Allí terminó sus estudios y el 17 de abril de 1897, sábado santo, fue ordenado sacerdote en la capilla del Obispado, donde celebró su primera Misa solemne el día 21.
El comienzo de su vida sacerdotal estuvo plenamente dedicado al servicio de la Diócesis. Fue Vicesecretario del Obispo y Secretario del Gobierno Eclesiástico, Profesor y Director espiritual del Seminario. En 1906 fue nombrado canónigo de la Basílica de Santa María de Covadonga (Asturias), donde permaneció siete años. En Covadonga, "mirando a la Santina", descubrió la llamada que en adelante daría sentido a su vida: la importancia de la función social de la educación y de que los maestros estuvieran bien preparados profesionalmente, vivieran su fe de modo coherente y responsable, fueran solidarios y supieran cooperar. Tuvo la audacia de proponer un amplio plan de formación y coordinación del profesorado católico y, dispuesto siempre a "comenzar haciendo", desde 1911 fundó Academias para estudiantes de Magisterio, Centros Pegagógicos y Revistas, germen de la Institución Teresiana. Para impulsar mejor estas fundaciones, que agrupaban a personas dedicadas a evangelizar en el mundo de la educación y de la cultura, en 1913 se trasladó a Jaén, donde fue canónigo de la Catedral, se hizo Maestro y trabajó como profesor del Seminario y de las Escuelas Normales. Allí conoció a la Sierva de Dios María Josefa Segovia, su principal colaboradora, y después primera Directora General de la Institución Teresiana. En 1921 fue nombrado capellán real, lo que le obligó a residir en Madrid. Allí recibió otras comisiones, como ser Vocal de la Junta Central contra el Analfabetismo, y se dedicó también a consolidar la Institucion Teresiana, que obtuvo aprobación pontificia en 1924 como "Pía Unión" (Asociación de Fieles). En nuestra Diócesis fue Canónigo Arcipreste de la S. I. Catedral de Osma desde el año 1922 hasta su martirio. El 27 de julio de 1936, cuando acababa de celebrar la Eucaristía, fue detenido en su casa de la calle de La Alameda de Madrid. No ocultó su identidad ante quienes fueron a buscarlo: "Soy sacerdote de Jesucristo". Unas horas después, al ser separado de su hermano, que le había acompañado, le dijo: "Serenidad, Carlos, se ve que el Señor, que me ha querido fundador, me quiere también mártir". A la mañana siguiente una profesora y una joven doctora de la Institución Teresiana encontraron su cadáver junto a la capilla del cementerio de La Almudena, con signos de haber recibido disparos de bala. Sobre su pecho aparecía, atravesado, el escapulario de la Virgen del Carmen. Tenía sesenta y un años de edad. Trasladaron su cadáver a la sacramental de San Lorenzo, donde recibió sepultura el día 29. Fue beatificado por Juan Pablo II en Roma el día 10 de octubre de 1993 y canonizado por el mismo Papa en la Plaza de Colón, de Madrid, el 4 de mayo de 2003. |
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